jueves, 21 de mayo de 2026

Patricia Berta: la mujer que me enseñó que el silencio tiene voz.

100 Personas que impactaron mi vida. Patricia Berta La mujer que me enseñó que el silencio también tiene voz. “En el principio era el Verbo” Juan 1: 1 Desde niña fui muy callada, sólo hablaba como un loro si encontraba conexión emocional. Como mamá no paraba de trabajar y llegaba sumamente cansada a casa, comprendí que el silencio le daba paz, así que trataba de no hacer ruido, ni rara vez hablaba con ella a menos que ella comenzara la conversación. Aprendí a responder cuando me preguntaban algo. A sonreír cuando el ambiente se ponía incómodo. A bajar la cabeza para evitar discusiones. A decir “sí” cuando en realidad quería decir “no”. Yo sabía hablar perfectamente y aun así, casi nadie había logrado escucharme. Durante años pensé que el problema estaba en mí. Quizás hablaba demasiado bajo. Quizás era demasiado sensible. Ah, porque esa era otra cosa, siempre tuve un corazón de pollito, trataba de protegerme intentando ser ruda, y me hacía la fuerte, pero la verdad, siempre lloraba por todo cuando nadie me veía. Si trataba de comunicarme, pero quizás mis palabras llegaban deformadas a los demás, como cartas mojadas por la lluvia. De hecho en mi adolescencia y parte de mi vida adulta solía escribir laaaaaaaaaaaaargas cartas a las personas que me importaban o que yo consideraba muy importantes, no lo hacía con todo el mundo, de hecho era selectiva para escribir esas cartas que como muchos me han dicho: “Eran enormes testamentos como las cartas del apóstol Pablo”. Entonces llegó la adolescencia, tenía 14 años cuando la conocí, Patricia Berta. Ella no llegó haciendo milagros ni dando discursos profundos. Nunca criticó mi manera de vestir, ni mi forma de ser. No intentó corregirme para encajar en algún lugar. La conocí en la iglesia, ella siempre interpretaba el mensaje para los sordos en la iglesia y decidió dar una capacitación, recuerdo que empezamos muchos, pero de ese grupo sólo quedamos dos personas. Ella siempre llegaba puntual, no la vi desanimarse al ver que el número de voluntarios bajó significativamente, al contrario, daba su clase con entusiasmo. Al principio yo pensaba que estaba aprendiendo un idioma, pero fue algo que impactó mi vida significativamente. Entonces me empecé a sentar en la primera banca junto a las personas sordas. Y fue sencillo hacerme amiga de ellos, eran personas receptivas. El silencio de ellos completamente diferente al que había conocido durante toda mi vida. No era el silencio incómodo de las familias heridas. No era el silencio de sentirme ignorada. No era el silencio que pesa como una puerta cerrada. Era otro tipo de silencio. Un silencio atento. Las manos se movían como pájaros pequeños atravesando el aire. Los ojos permanecían fijos en las expresiones del otro. Cada gesto tenía peso. Cada mirada completaba una frase invisible. Aunque yo no hablaba aún con ellos porque me daba vergüenza, ellos si me estaban observando, incluso recuerdo cuando me pusieron mi nombre en lengua de señas. Y entonces entendí algo que me rompió el alma suavemente: las personas sordas podían ver en mí cosas que el mundo oyente jamás había notado. Podían ver el temblor escondido detrás de mi sonrisa. La tristeza breve que cruzaba mis ojos antes de reír. El cansancio que escondía entre mis hombros. Sin darme cuenta, empecé a sentirme comprendida en un idioma que todavía no dominaba. Y recuerdo que una de ellas me dijo: ¿Estás triste?, yo le respondí: ¡No!, estoy bien, pero esa chica sorda me dijo: Le voy a decir a Patricia que estás triste. Yo con temor le rogué que no le dijera nada. Como si el silencio que llevaba años creciendo dentro de mí finalmente hubiera encontrado una voz, porque no le dije nada, pero eso de “Los ojos son las ventanas del alma” es cierto, y una persona sorda puede ver muy bien esas ventanas, son sumamente observadores. Aprendí algo que jamás olvidaré: en el mundo de la lengua de señas, muchas veces los artículos y las preposiciones no son lo más importante. Lo importante son los verbos. La acción y quién hace qué. Y esa idea empezó a perseguirme incluso fuera de las reuniones de la iglesia. Entendí que tal vez la vida también funciona así. Las personas son sus verbos. No lo que prometen. No lo que aparentan. No los discursos hermosos. Las personas son las acciones que repiten cuando creen que nadie está mirando. Con el tiempo, al convertirme en inmigrante, empecé a buscar personas sordas en cada país al que llegaba. Perú. Colombia. España. Australia. Estados Unidos. Ya no era solamente curiosidad. Era que, entre aquellas manos que hablaban, algo dentro de mí descansaba. Como si mi alma, después de tantos años gritando en silencio, finalmente hubiera descubierto otra manera de existir. Y desde entonces entendí algo que cambió mi vida para siempre: hay silencios que destruyen, pero también existen silencios que abrazan. Patricia no sólo me enseñó un idioma. Me enseñó una manera distinta de habitar el mundo. Porque mientras yo aprendía que los verbos eran lo más importante en la lengua de señas, también descubrí que ella misma era eso: verbo. Ella vivía lo que enseñaba. Su fe no se sostenía solamente en palabras bonitas, sino en acciones pequeñas y constantes. En la paciencia con la que capacitaba a otros. En la manera en que miraba a las personas. En cómo hacía sentir valioso al que tenía enfrente. Ella fue el tipo de cristianos que me enseñó que existían personas capaces de amar desde la coherencia, desde el servicio y desde la presencia. Patricia nunca imaginó cuánto cambiaría mi vida. Ella me enseñó una lengua y también me enseñó a escuchar silencios. A mirar más allá de las apariencias. A entender que las acciones pesan más que los discursos. Y que hay personas que predican sin darse cuenta, simplemente por la manera en que viven. Quizás por eso, desde entonces, nunca volví a ver las manos de la misma manera. Porque descubrí que también pueden convertirse en refugio. Liliana Lizcano. “Con Patricia entendí que algunas personas no sólo hablan del Verbo, algunas personas lo viven y puedes verlo en sus vidas”. 100 People Who Impacted My Life Patricia Berta The Woman Who Taught Me That Silence Also Has a Voice “In the beginning was the Word.” — John 1:1 Since childhood, I had always been very quiet. I only spoke nonstop like a parrot when I felt an emotional connection with someone. As a child, I understood that my mother came home exhausted after working all day, and silence seemed to give her peace. So I tried not to make noise. I rarely spoke to her unless she started the conversation first. I learned to answer only when someone asked me something. To smile when the atmosphere became uncomfortable. To lower my head to avoid arguments. To say “yes” when what I truly wanted to say was “no.” I knew perfectly well how to speak, and yet almost nobody had truly heard me. For years, I thought the problem was me. Maybe I spoke too softly. Maybe I was too sensitive. Ah, because that was another thing about me: I always had the heart of a little chick. I tried to protect myself by acting tough, pretending to be strong, but the truth was that I cried about everything when no one was watching. I tried to communicate, but perhaps my words reached people distorted, like letters soaked by the rain. In fact, during my teenage years and part of my adult life, I used to write looooooong letters to the people I cared about deeply or considered important. I did not do it with everyone—I was selective about those letters which, as many people told me, “were enormous testaments, like the letters of the Apostle Paul.” Then adolescence arrived. I was fourteen years old when I met her: Patricia Berta. She did not arrive performing miracles or giving profound speeches. She never criticized the way I dressed or the way I was. She never tried to “fix” me so I could fit somewhere. I met her at church. She always interpreted the sermons into sign language for the deaf community, and one day she decided to offer a training course. I remember many people started attending, but from that entire group only two of us remained. She always arrived on time. I never saw her become discouraged when the number of volunteers dropped significantly. On the contrary, she continued teaching with enthusiasm. At first, I thought I was simply learning a language. But it became something that impacted my life profoundly. I began sitting in the front pew beside the deaf members of the church. Becoming friends with them was easy; they were warm and receptive people. And their silence was completely different from the silence I had known all my life. It was not the uncomfortable silence of wounded families. It was not the silence of feeling ignored. It was not the silence that weighs like a closed door. It was another kind of silence. An attentive silence. Their hands moved like little birds crossing the air. Their eyes remained fixed on the other person’s expressions. Every gesture carried weight. Every glance completed an invisible sentence. Even though I was still too shy to speak with them, they were already observing me. I still remember the day they gave me my sign language name. And then I understood something that gently broke my soul open: Deaf people could see things in me that the hearing world had never noticed. They could see the trembling hidden behind my smile. The brief sadness crossing my eyes before I laughed. The exhaustion I carried between my shoulders. Without realizing it, I began to feel understood in a language I still did not fully master. I remember one of the deaf girls asking me, “Are you sad?” I answered quickly, “No, I’m fine.” But she replied, “I’m going to tell Patricia that you’re sad.” Terrified, I begged her not to say anything. As if the silence that had been growing inside me for years had finally found a voice. Because I never told them anything, but that phrase—“The eyes are the windows to the soul”—is true. Deaf people can see those windows very clearly. They are incredibly observant. I learned something I will never forget: in sign language, articles and prepositions are often not the most important part. The important things are the verbs—the action and who is doing what. And that idea began following me even outside church gatherings. I realized that perhaps life works the same way. People are their verbs. Not what they promise. Not what they pretend to be. Not their beautiful speeches. People are the actions they repeat when they think nobody is watching. Over time, after becoming an immigrant, I started looking for deaf communities in every country I arrived in: Peru. Colombia. Spain. Australia. The United States. It was no longer just curiosity. It was that among those hands that spoke, something inside me could finally rest. As if my soul, after so many years of screaming silently, had finally discovered another way to exist. And from then on, I understood something that changed my life forever: There are silences that destroy, but there are also silences that embrace. Patricia did not only teach me a language. She taught me a different way to inhabit the world. Because while I was learning that verbs were the most important part of sign language, I also discovered that she herself was a verb. She lived what she taught. Her faith was not sustained merely by beautiful words, but by small and constant actions. In the patience with which she trained others. In the way she looked at people. In how she made the person in front of her feel valuable. She was the kind of Christian who taught me that there truly are people capable of loving through consistency, through service, and through presence. Patricia never imagined how deeply she would change my life. She taught me a language, but she also taught me how to listen to silence. To look beyond appearances. To understand that actions weigh more than speeches. And that there are people who preach without realizing it, simply through the way they live. Perhaps that is why, since then, I have never looked at hands the same way again. Because I discovered that they, too, can become a refuge. — Liliana Lizcano “With Patricia, I understood that some people do not only speak about the Word; some people live it, and you can see it in their lives.”

domingo, 28 de diciembre de 2025

Carta a mi yo del 2025

 



Carta a mi yo del 2025

Querida yo,

Gracias.

Gracias por haber resistido sin endurecerte,

por haber aprendido sin perder la ternura,

por haber entendido que no todo el que se queda es amigo

y que no todo el que se va es pérdida.

Este año aprendí algo que antes me dolía aceptar:

que no tenía que sacrificarme para merecer compañía.

Que no tenía que dar dinero, tiempo ni mi alma

para que alguien eligiera quedarse.

Aprendí que hubo vínculos que no eran amistad,

sino necesidad disfrazada,

y entendí —sin rencor— que fui utilizada.

Cerré puertas con amabilidad.

No di portazos.

No grité verdades tardías.

Simplemente dejé de esperar.

Y en ese silencio descubrí algo esencial:

la amistad que más descuidé fue la mía.

Este año me hice mi primera amiga.

Aprendí a protegerme,

a escucharme,

a no traicionarme para no estar sola.

También lloré.

Lloré por Leandro,

por su diagnóstico,

por el miedo que no se dice en voz alta

cuando una madre imagina el futuro.

Lloré por David,

por una enfermedad sin nombre,

por la incertidumbre que se instala en la sangre

y en el corazón.

Pero en medio de esas lágrimas comprendí algo que me sostuvo:

mis hijos no me pertenecen,

le pertenecen a Dios.

Y aunque no siempre entiendo Su voluntad,

descansé en la certeza de que es perfecta,

incluso cuando duele.

Este año compré una casa.

Pero más importante aún,

aprendí a habitarme.

A conocer mi soledad sin miedo,

a sentarme conmigo misma sin huir,

a reconocer todo lo que he hecho

y a dejar de exigirme como si no fuera suficiente.

Entendí que ahora debo ponerme en primer lugar,

no por egoísmo,

sino por responsabilidad.

Porque cuando yo estoy bien,

lo demás encuentra su lugar.

Este año también regresó ella:

la artista.

La escritora.

La dibujante.

La docente que ama enseñar

no por obligación,

sino por vocación.

La mujer que crea porque crear la mantiene viva.

Descubrí el significado de mi nombre,

Y entendí que no fue casualidad.

Que hay en mí fuerza,

protección,

sensibilidad y liderazgo silencioso.

Que mi nombre me nombra bien.

Gracias, yo del 2025,

por no haberte rendido cuando era más fácil hacerlo.

Por elegirte.

Por quedarte.

Por aprender a amarte

de una forma honesta,

sin ruido,

sin máscaras.

Con amor y respeto,

la mujer que fuiste para llegar hasta aquí.


Liliana

viernes, 19 de diciembre de 2025

Crianza con huellas y patas: cuando la familia se extiende


La crianza no ocurre solo en los momentos perfectos.
Ocurre mientras caminamos apurados, mientras cocinamos, mientras el cansancio pesa más que las horas del día.
Ocurre en lo cotidiano, ahí donde la vida realmente sucede.

En nuestra familia, la crianza también tiene huellas y patas.
Una perrita rescatada que llegó con su historia a cuestas.
Un gato que alguna vez conoció la calle y hoy conoce el calor de un hogar.
Adoptarlos fue una de las mejores decisiones que pudimos tomar.

No solo porque llenaron la casa de alegría, sino porque nos enseñaron, sin discursos, lo que significa cuidar.

Caminar juntos —mis hijos, nuestras mascotas y yo— es un acto sencillo, pero profundamente educativo.
Los niños aprenden que nadie se queda atrás.
Que el ritmo se ajusta al más pequeño.
Que acompañar también es amar.

En el sofá, entre risas, caricias y silencios compartidos, ocurre algo poderoso:
la familia descansa junta.
No hay prisa, no hay exigencias.
Solo presencia.
Y en ese estar, los niños aprenden que el hogar es un lugar seguro para ser.

En la cocina, mientras preparamos la comida, se mezclan olores, voces y pequeñas manos curiosas.
Las mascotas observan, esperan, confían.
Y los niños comprenden que la vida se sostiene con gestos simples:
alimentar, compartir, cuidar.

En los días de campo, rodeados de verde y de aire limpio, la crianza se vuelve juego.
Las mascotas corren.
Los niños ríen.
Y los adultos recordamos que no todo tiene que ser perfecto para ser valioso.

Criar con mascotas es enseñar empatía sin palabras.
Es mostrar que el amor también se aprende cuidando a quien depende de nosotros.
Es entender que la familia no siempre llega como la imaginamos, pero sí como la necesitamos.

A muchas madres les falta tiempo.
A muchas les sobra culpa.
Y a casi todas nos pesa la sensación de no estar haciendo suficiente.

Pero a veces, estar ahí —caminando juntos, cocinando juntos, descansando juntos—
es más que suficiente.

Aprovechar el tiempo en familia no significa hacer grandes planes.
Significa estar presentes.
Mirarnos.
Compartir la vida, con todo y sus huellas.

Porque criar no es hacerlo todo.
Es hacerlo juntos.

Liliana Lizcano.


Parenting with paws and footprints: when family grows


Parenting does not happen only in perfect moments.

It happens while we walk in a hurry, while we cook, while tiredness weighs more than the hours in the day.

It happens in the ordinary, where life truly unfolds.


In our family, parenting also leaves paw prints.

A rescued dog who arrived carrying her own story.

A cat who once knew the streets and now knows the warmth of a home.

Adopting them was one of the best decisions we ever made.


Not only because they filled our home with joy, but because they taught us—without speeches—what it truly means to care.


Walking together—my children, our pets, and me—is a simple act, yet deeply educational.

Children learn that no one is left behind.

That the pace adjusts to the smallest.

That to accompany is also to love.


On the sofa, among laughter, gentle touches, and shared silence, something powerful happens:

the family rests together.

There is no rush, no demands.

Only presence.

And in that presence, children learn that home is a safe place to be.


In the kitchen, while we prepare food, smells, voices, and curious little hands come together.

The pets observe, wait, trust.

And the children understand that life is sustained by simple gestures:

feeding, sharing, caring.


On picnic days, surrounded by green and fresh air, parenting turns into play.

The pets run.

The children laugh.

And adults remember that not everything has to be perfect to be meaningful.


Raising children with pets is teaching empathy without words.

It is showing that love is also learned by caring for those who depend on us.

It is understanding that family does not always arrive as we imagined it, but exactly as we need it.


Many mothers lack time.

Many carry guilt.

And almost all of us feel the weight of not doing enough.


But sometimes, being there—walking together, cooking together, resting together—

is more than enough.


Making the most of family time does not mean making big plans.

It means being present.

Seeing one another.

Sharing life, paw prints and all.


Because parenting is not about doing everything.

It is about doing it together.

Liliana Lizcano.


Élever avec des pattes et des empreintes : quand la famille s’agrandit


L’éducation des enfants ne se fait pas seulement dans les moments parfaits.

Elle se construit en marchant à toute vitesse, en cuisinant, quand la fatigue pèse plus lourd que les heures de la journée.

Elle se tisse dans le quotidien, là où la vie se déploie vraiment.


Dans notre famille, l’éducation laisse aussi des traces de pattes.

Une chienne sauvée, arrivée avec son histoire.

Un chat qui a connu la rue et qui connaît aujourd’hui la chaleur d’un foyer.

Les adopter a été l’une des meilleures décisions que nous ayons prises.


Pas seulement parce qu’ils ont rempli la maison de joie,

mais parce qu’ils nous ont appris, sans discours, ce que signifie vraiment prendre soin.


Marcher ensemble — mes enfants, nos animaux et moi — est un geste simple, mais profondément éducatif.

Les enfants apprennent que personne n’est laissé derrière.

Que le rythme s’adapte au plus petit.

Qu’accompagner, c’est aussi aimer.


Sur le canapé, entre les rires, les caresses et les silences partagés, quelque chose de précieux se produit :

la famille se repose ensemble.

Il n’y a pas de hâte, pas d’exigences.

Seulement la présence.

Et dans cette présence, les enfants apprennent que la maison est un lieu sûr pour être soi.


Dans la cuisine, pendant que nous préparons le repas, se mêlent odeurs, voix et petites mains curieuses.

Les animaux observent, attendent, font confiance.

Et les enfants comprennent que la vie se soutient par des gestes simples :

nourrir, partager, prendre soin.


Lors des journées en plein air, entourés de verdure et d’air frais, l’éducation devient jeu.

Les animaux courent.

Les enfants rient.

Et les adultes se rappellent que tout n’a pas besoin d’être parfait pour être précieux.


Élever des enfants avec des animaux, c’est enseigner l’empathie sans mots.

C’est montrer que l’amour s’apprend aussi en prenant soin de ceux qui dépendent de nous.

C’est comprendre que la famille n’arrive pas toujours comme on l’imaginait, mais exactement comme on en a besoin.


Beaucoup de mères manquent de temps.

Beaucoup portent de la culpabilité.

Et presque toutes ressentent le poids de ne pas en faire assez.


Mais parfois, être là — marcher ensemble, cuisiner ensemble, se reposer ensemble —

est déjà bien plus que suffisant.


Profiter du temps en famille ne signifie pas faire de grands projets.

Cela signifie être présent.

Se regarder.

Partager la vie, avec toutes ses empreintes.


Parce qu’élever, ce n’est pas tout faire.

C’est le faire ensemble.

Liliana Lizcano.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Migrar con hijos: un acto silencioso de amor

 






Migrar no siempre empieza con una maleta.

A veces empieza con un nudo en la garganta y una decisión que pesa más que el equipaje.

Yo migré con mis hijos.

El mayor tenía cinco años, los ojos llenos de preguntas que yo no siempre sabía responder.

El menor tenía apenas dos añitos, y su mundo cabía en mis brazos.


No huíamos solo de un lugar.

Huíamos del miedo, de la escasez, de la incertidumbre que se instala cuando el futuro deja de sentirse seguro.

Migrar fue un acto de amor desesperado y valiente a la vez.


Caminé con ellos de la mano, aunque por dentro temblara.

Sonreí cuando quería llorar.

Fui casa, refugio y camino, aun cuando yo misma me sentía perdida.


Ser madre migrante es aprender a ser fuerte sin aplausos.

Es cargar culpas que no corresponden.

Es dormir poco, pensar mucho y seguir adelante porque no hay otra opción.


Pero también es descubrir una fuerza que no sabías que tenías.

Es darte cuenta de que el amor por tus hijos puede sostenerte cuando las piernas flaquean.

Es entender que, aunque todo cambie, hay algo que permanece:

el deseo profundo de verlos crecer en un lugar más justo, más digno, más humano.


A todas las madres que migran con sus hijos:

no están huyendo, están protegiendo.

No están improvisando, están construyendo.

No están solas, aunque muchas veces así se sienta.


Nuestros hijos quizá no recuerden cada frontera, cada noche difícil o cada miedo silenciado.

Pero recordarán que su madre estuvo ahí.

Que eligió el amor incluso cuando dolía.

Que caminó primero para que ellos pudieran caminar mejor.


Migrar con hijos es sembrar esperanza en tierra desconocida.

Y eso, aunque no siempre se vea, es un acto profundamente heroico.


Liliana Lizcano.



Migrating with children: a quiet act of love


Migration does not always begin with a suitcase.

Sometimes it begins with a knot in the throat and a decision heavier than any luggage.


I migrated with my children.

My eldest was five years old, his eyes full of questions I did not always know how to answer.

The youngest was barely two, and his entire world fit in my arms.


We were not only leaving a place behind.

We were leaving fear, scarcity, the uncertainty that settles in when the future no longer feels safe.

Migration was an act of love—desperate and brave at the same time.


I walked holding their hands, even while trembling inside.

I smiled when I wanted to cry.

I became home, shelter, and road, even when I myself felt lost.


To be a migrant mother is to learn how to be strong without applause.

It is to carry guilt that does not belong to you.

It is to sleep little, think endlessly, and keep going because there is no other choice.


But it is also discovering a strength you never knew you had.

It is realizing that love for your children can hold you up when your legs grow weak.

It is understanding that, even when everything changes, something remains:

the deep desire to see them grow in a place that is fairer, more dignified, more humane.


To all mothers who migrate with their children:

you are not running away, you are protecting.

You are not improvising, you are building.

You are not alone, even when it feels that way.


Your children may not remember every border crossed, every difficult night, every fear kept silent.

But they will remember that their mother was there.

That she chose love even when it hurt.

That she walked first so they could walk further.


Migrating with children is planting hope in unfamiliar soil.

And that, even if it is not always seen, is a profoundly heroic act.


Liliana Lizcano.


Migrer avec ses enfants : un acte silencieux d’amour


La migration ne commence pas toujours par une valise.

Parfois, elle commence par un nœud dans la gorge et une décision plus lourde que tout bagage.


J’ai migré avec mes enfants.

L’aîné avait cinq ans, les yeux remplis de questions auxquelles je ne savais pas toujours répondre.

Le plus jeune avait à peine deux ans, et son monde tenait tout entier dans mes bras.


Nous ne quittions pas seulement un lieu.

Nous fuyions la peur, le manque, cette incertitude qui s’installe lorsque l’avenir ne semble plus sûr.

Migrer fut un acte d’amour, à la fois désespéré et courageux.


J’ai marché en leur tenant la main, même lorsque je tremblais à l’intérieur.

J’ai souri quand j’avais envie de pleurer.

Je suis devenue maison, refuge et chemin, même lorsque je me sentais moi-même perdue.


Être mère migrante, c’est apprendre à être forte sans applaudissements.

C’est porter des culpabilités qui ne nous appartiennent pas.

C’est dormir peu, penser beaucoup et continuer parce qu’il n’y a pas d’autre choix.


Mais c’est aussi découvrir une force insoupçonnée.

C’est comprendre que l’amour pour ses enfants peut nous soutenir lorsque les jambes fléchissent.

C’est savoir que, même quand tout change, quelque chose demeure :

le désir profond de les voir grandir dans un lieu plus juste, plus digne, plus humain.


À toutes les mères qui migrent avec leurs enfants :

vous ne fuyez pas, vous protégez.

Vous n’improvisez pas, vous construisez.

Vous n’êtes pas seules, même lorsque le silence le fait croire.


Vos enfants ne se souviendront peut-être pas de chaque frontière, de chaque nuit difficile, de chaque peur étouffée.

Mais ils se souviendront que leur mère était là.

Qu’elle a choisi l’amour, même lorsqu’il faisait mal.

Qu’elle a marché la première pour qu’eux puissent aller plus loin.


Migrer avec ses enfants, c’est semer l’espoir sur une terre inconnue.

Et cela, même si on ne le voit pas toujours, est un acte profondément héroïque.


Liliana Lizcano.


miércoles, 29 de octubre de 2025

El nudo y el río

 

El nudo y el río

 

Tuve un nudo en el pecho.

No era un nudo de hilo,

era de agua contenida.

 

Una represa de silencios,

años retenidos entre costillas,

palabras que nunca dije

por miedo a que dolieran más al salir.

 

Entonces lloví.

Sin aviso, sin consuelo,

lloví como si mi alma

fuera un cielo cansado de retener tanto.

 

Lloré hasta confundirme con el río,

hasta que ya no supe

si el agua era mía

o si era yo la que corría dentro de ella.

 

Y entendí que el dolor

no se cura con fuerza,

sino con permiso.

 

Porque a veces sanar

es dejar que se desborde todo,

para que el corazón, por fin,

pueda volver a respirar.


Liliana.

Porque todavía te extraño.

martes, 28 de octubre de 2025

Deberías

Deberías

 

Deberías dejar de ver tu pasado.

 

Deberías saludar y sonreírle a tu presente.

 

Deberías soñar con un mejor futuro.

 

Deberías intentar una vez más ser feliz aunque no tengas fuerzas.


Autora:  Liliana Lizcano.





martes, 25 de enero de 2022

Decir las cosas

   


  Creo que este largo período en pandemia nos dejó a muchos con una nostalgia y dolor en el corazón, muchos hogares se vieron afectados, familiares y conocidos que se nos adelantaron en este viaje de vida, jamás nos llegamos a imaginar que las cosas se tornarían tan tristes en el mundo, no estábamos preparados para decir "adiós" tan pronto.  No hay palabras que puedan consolar o llenar el vacío que un ser amado ha dejado con su partida.  Una de las cosas que la gente dice que ayuda es el tiempo y la resignación, pero es que no estamos acostumbrados a tratar este tema, no quisiéramos decir adiós a quienes amamos, pero es una parte de la vida que absolutamente todos debemos aceptar.  La pandemia nos vino a dejar una enorme lección de cuán vulnerables somos, que a veces perdemos el tiempo en situaciones que no valen la pena, nos enseñó a apreciar cada minuto con nuestras familias, nos hizo reflexionar que cada día fuera de un hospital es ya una enorme bendición y debemos apreciar el hecho de sentirnos bien, de respirar.  

   Puede ser que tú hayas perdido a un ser amado, que ahora tu corazón esté de luto, pero debes recordar que tu propósito de vida aún no termina, que hay cosas por hacer, sueños que cumplir, abrazos que dar y sonrisas que compartir.  Sería bueno que pudieras hacer algo bonito, por muy simple o sencillo que sea, busca hacer algo por otra persona, no es necesario ser millonario para dar algo bueno de nuestros corazones, incluso una palabra de aliento a quien la necesite, un te quiero mucho a esa persona que aprecias, un mensaje a esa maestra de escuela o a ese familiar que te dejó un hermoso recuerdo de infancia.  Si buscas en tu mente hallarás recuerdos bonitos, sería bueno decirles a esas personas lo significativas que fueron para ti. 


   Hace unos meses cumplió años el señor Albanio, él era jefe de mi madre, su esposa Rosita y él, siempre me tenían una muñeca para navidad, de niña le pedía la bendición, en Venezuela los niños acostumbran a pedirle la bendición a los familiares, y el señor Albanio me decía:  "Yo soy su papá, pídame la bendición", yo sabía que no era mi papá, tuve un padre ausente, pero el señor Albanio Boscán, solía decirme así, su esposa jamás pensó algo malo de mi madre, ni tampoco le hacía escenas de celos por regalarme muñecas, al contrario, la señora Rosita también se mostraba muy amable y cariñosa con mi madre y conmigo, ya al crecer llevé en mi mente esos recuerdos que jamás me faltaron muñecas en navidad, así que le grabé un vídeo como agradecimiento, se lo mandé con su hija pues él no usa celular, no es muy dado con la tecnología, entonces le manifesté que ese hecho de regalarme muñecas en navidad y decirme "Yo soy su papá" eran recuerdos bonitos, yo entendía que él no era mi padre, pero era bonito sentirme como una más de sus niñas.  A lo que me refiero es que no dejo de decirles a las personas que las quiero, que las llevo en mi corazón, amistades muy valiosas partieron ya a sus moradas celestiales, a algunas les dije antes que les amaba, a otras me tomó por sorpresa y se fueron sin yo haberles dicho adiós.  Entonces me propuse que le diría a mis seres amados, familiares y amistades más cercanas lo valiosos que son para mí. No importa si suena cursi, no importa si me ponga sentimental, debemos siempre decir cuán importantes y valiosas son las personas que tenemos en nuestras vidas, quizás no exista un mañana para despedirnos, hay que decir las cosas.


Liliana.

 

Leamos un cuento Template by Ipietoon Cute Blog Design